Ruidos del Silencio

I

Aplasté la montaña con el cuerpo quebrado
y me dispuse a escuchar los ruidos del silencio.
Observé las sombras inquietas de los árboles
inmóviles
y el plumaje imposible de los pájaros que vuelan más alto.
También conversé largo con las hormigas
y soplé intensamente para odiar las denegridas nubes.
Cerré los ojos por un instante,
me dejé adivinar la destreza del insecto
e hice danzar el eco de los fierros estrellados.

II

¡Ah!, tú, Dios, que torciste al árbol
para enseñarnos la grandeza del humilde,
déjame ver cómo la ventisca sacude los matojos
y no a la piedra arrebozada en el polvo,
y cómo doblega hasta el desprecio al humo errante
de las majestuosas chimeneas

III

¿Qué silencio es el que busco?
¿Qué silencio es el que escapa de los ruidos del silencio?
He puesto candado a los ojos para oírme más adentro
y he tirado imprudente las llaves
entre los pájaros incansables
y los techos herrumbrosos castigados
por el martillo de todas las primaveras.
Estuve incluso en la fiesta de unas flores
que bailaban cadenciosas
con el murmullo de la brisa.
Más aún, descendí asido a una rama ondulante
por un río de guirnaldas.
Todo era mi silencio roto por los ruidos
Todo eran los ruidos de mi silencio.

Ya no

Ya no quise oír al grillo
y le escondí el canto,
pero en el canto
se vinieron trenes furiosos
cada hora;
en la ventana,
un mantel blanco eterno,
muchas lámparas temblando
con las lluvias escorzadas
en las calles
y las flores -¡ah, las flores!-
oscilando en las alturas,
embriagadas de beber la brisa.
Se vinieron plegarias
y pasiones autumnales,
se vinieron viajes astrales
a los territorios más extremos
de mi memoria.
Entonces,
ya no quise oír al grillo
y le devolví el canto.

Redención

Toma un día distancia
de la memoria,
despójate de tu carne
y que la recoja el espejo.
Que se vista de ti,
pero en silencio.

De la nada toda sé sombra.
Que los muertos envidien
tu metamorfosis
y que recen por tu salvación,
pero en silencio.

Sé sólo espíritu de ti,
vete del espejo de todos,
pero en silencio:
no despiertes a los vivos.

Mis ojos me observan

Mis ojos me observaban
penetrantes
trizados
hialinos
desde las platinadas aguas murmurantes
que me astillaban todo
mientras contra el maderamen descascado
de la barca
insomne el mar bravío gesticulaba.
Las alas blancas del ave fugaz
-de dorso ceniciento-
estrellándose contra el silencio
y yo
-hombre al agua-
durmiendo en tu lecho de sábanas
de color carmesí
allá en lo profundo de tu alma.
Los peces de mi océano,
curiosos roedores de mirada suspicaz,
te fueron a buscar y te introdujeron
a mi nao lamida por las resacas y los vientos
y ahí estaban mis vítreos ojos observándome
y buscándote
y yo sin poder fijar mi humanidad,
reducido a inquietos fragmentos
buceando entre los líquenes arrastrados
desde los roqueríos
para apurar la travesía,
cogerte en un descuido entre tus sábanas
y sumergirme en ti.

Pasajero

Subes al impertérrito ferrocarril de la vida
y en cada estación te bajas
para dialogar con el hastío
y en cada túnel de la noche sueñas de prisa
porque
-aún en la oscuridad-
flotan pensamientos.

Al principio,
cuando querías devorarte el mundo
en un instante
no cerrabas los ojos en los túneles.
No lo hacías, por ese afán que abrigabas
de ser pasajero de todos los ferrocarriles
del universo.

Y descendías para conversar
con el guardavías de tu destino.
Mas, luego corrías presuroso hasta el andén.

Es que odiabas quedarte solo en la distancia,
mientras el tren de la vida iba en busca
de nuevas estaciones.

Ahora ya no desciendes de ese carro
de los recuerdos idos
porque no ignoras que tu lentitud en este instante
es abismante.
¿O será acaso que el ferrocarril corre más raudo?

Quizás.
Y por eso odias ahora ser pasajero
de cualquier tren y temes a los túneles de cada noche
y sientes miedo de quedarte dormido
antes que emerja la máquina
desde tus tinieblas,
porque ahí sí escucharás
sólo el ruido isócrono e intolerable de los fierros.

En ese momento bajarás angustiado
en la estación de un pueblo desconocido
y verás desde el andén
-con impotencia senil-
alejarse para siempre
aquel ferrocarril repleto
de otros pasajeros presurosos.

Desasosiego

He consumido mis ojos al fragor del rábido ímpetu. He estallado en mil pedazos desde mi propio aliento. Mis manos rígidas mi avidez en tormento la rizada calma la fiebre de toda mi sangre bullendo.

En la oquedad más críptica he nacido y he muerto: balbuceante turbado rechinando candente.

He mordido mis labios cuán rayo eviterno. He expiado las elegías que busco y no quiero. Y así se me va la vida: cuando la alcanzo la dejo. Las brisas que me la llevan, que me la devuelve el viento.

Los dos lloramos

Desde el estómago, ebrio, atisbando hacia abajo y la mirada que vomita improperios, con la carne colgada de los huesos de mi cráneo. Las imágenes que huyen fugaces hacia atrás, exactas; la música que serpentea entre los asientos del autobús y tú en la inquietud de que te duelo con mi ausencia de bohemio despiadado. El viaje hacia tí, embriagado, para brindar ya con licor de amaneceres; la vida que se hace trizas y los dos que lloramos desde todos los rincones.

El hombre del saxo

Del saxo le brotaban desmarridas melodías sosegadas como sierpes infinitas extenuadas reptando en medio de la maleza de los espíritus indolentes.

No era Yarbird que interpretaba el Bebop con maestría en los suburbios de New York o Missisipi pero estaba Donna Lee evocada en el bullicio por la calle de Maipú.

En el sombrero inverecundo boquiabierto amortiguados por láminas amarillas autumnales rebotaban a veces los sustentos, y el muro recíproco devolviendo desde el frente los lánguidos compases de Donna Lee.

Simulé estar vivo

Encendí entendimiento sólo para tender mis huesos en el tálamo del cansancio. Luego puse cerradura a los ojos con cautela y me dormí yacente a todo lo largo del sueño. No había en el sopor más que temores y vacíos abismales. Entonces entorné la ventana para sentir frío y simulé no estar vivo Penetró el aire como en estampida y fue el silencio roto el que arrancó la demencia que colgaba de los árboles prosternados y torcidos, y de mis pies que zumbaban con estridencia en medio de la bruma Los ángeles y los demonios se besaban furiosos disputándose mis pertenencias. Yo sólo atinaba a prender fuego a mis horrores Quería quemarlos vivos Quería alejarme de los espectros, que me cortejaban para sorprenderme. Y no conseguía abrir los ojos en la escarpadura Caía desalado. Caía todo yo con el pálpito de la destrucción Me precipitaba anhelante de resacas a océanos inacabables de fuego, como un poseído, simulando estar vivo.

Parece

Parece que no tengo ya cristales en los ojos. Parece que transito sin desplazarme en cuerpo, ya vencido, ya huidizo, como niño regañado.

La pestilencia de los espíritus diminutos me provoca repugnancia. Sólo quiero la mordedura rápida de la víbora, sólo quiero alejarme del retorno y no ver máscaras ni osamentas caminando sin rumbo.

Parece que no tengo ya las manos para blasfemar fuerte ni una lengua sórdida ni pies ni aura Parece que no tengo ya cristales en los ojos.

Y sería tan hermoso acribillar a insultos a una enana maldita o incrustarle espinas venenosas en el rostro a un gobernante. Qué placer lanzar un piano a cualquier calle sombrosa y viajar dentro para oír la dulce melodía del estrépito fatal.

Sin embargo, ya me canso Sólo quiero ser aire en el aire ser lirón empedernido, extenuado de construir árboles y ríos inconfesables. Sólo quiero piedras encajadas en los muros, un lecho blando de agua tibia por los huesos, un invierno renegado y miles, miles de silencios.

Parece que no tengo ya cristales en los ojos. Parece que escribo el canto y me lo guardo. Parece que me da vueltas el mundo en el estómago, sobre mi cabeza, bajo mis pies, dentro y fuera de todo.

La casa mía

Tanto he construido mi casa y la levanto siempre, en cada jornada, con sueños de madera; con sueños de ladrillos alineados y fierros, con risas truncas en tantálicos amaneceres.

Colgué poemas de amor en puertas y ventanas y la impregné toda de incienso Como niño, tanto la he caminado y no me canso.

La edifico para desvestirla y luego ornarla con todo el oro escogido. Tanto he dormido profundamente en ella y he regresado a terminarla, a demolerla, a transformarla, y no me canso.

Obsesiones

Tengo un sentimiento tan confuso que puedo inventar caballos encabritados para lanzar en estampida hacia ti, y luego bailar afectuoso sobre sus cadáveres sudantes. Pero me encuentro ridículo moviéndome de aquí para allá y de allá para acá asido a tu cintura.

Tengo una locura desenfrenada, con muchos puñales en hilera para persignarme como un místico. Mas, eso también me incomoda y puedes ahora colocar tus manos sobre mi frente y santiguarme con sangre de sacrificios. Yo haré en tanto un dolor de arrepentimiento agradecido que me cure de tus males, de la risa patética tuya por mi desvarío.

Podríamos

Podríamos irnos juntos hacia el silencio y no haré más que bendecirte, pero vamos de uno en uno derramando dolores de tragedia.

Podríamos coger con cuentagotas la ilusión y bastaría, pero huyes, vida, y no haré más que llamarte. Incluso, me arrepiento de los breves gozos para querer negarte, pero vamos todos peregrinos con el rostro en la tristeza y no haré más que lamentarme.

Podríamos rezar sistemáticamente de pie todas las noches blancas y levantar el día en nuestras almas o registrar sólo los sueños verdaderos para ser, vida, lo que mandes.

Podríamos ser nada más que sombras vertidas, desterradas de los cuerpos, pero alegres marchando hacia la muerte.

Antonio Álvarez Bürger