|
Ruidos del Silencio I Aplasté la montaña con el cuerpo quebrado II ¡Ah!, tú, Dios, que torciste al árbol
III ¿Qué silencio es el que busco?
Ya no Ya no quise oír al grillo
Redención Toma un día distancia
De la nada
toda sé sombra. Sé sólo espíritu de ti,
Mis ojos me observan Mis ojos me observaban
Pasajero Subes al impertérrito ferrocarril de la vida
Al principio, Y descendías para conversar
Es que odiabas quedarte solo en la distancia,
Ahora ya no desciendes de ese carro
Quizás.
En ese momento bajarás angustiado Desasosiego He consumido mis ojos al fragor del rábido ímpetu. He estallado en mil pedazos desde mi propio aliento. Mis manos rígidas mi avidez en tormento la rizada calma la fiebre de toda mi sangre bullendo. En la oquedad más críptica he nacido y he muerto: balbuceante turbado rechinando candente. He mordido mis labios cuán rayo eviterno. He expiado las elegías que busco y no quiero. Y así se me va la vida: cuando la alcanzo la dejo. Las brisas que me la llevan, que me la devuelve el viento. Los dos lloramos Desde el estómago, ebrio, atisbando hacia abajo y la mirada que vomita improperios, con la carne colgada de los huesos de mi cráneo. Las imágenes que huyen fugaces hacia atrás, exactas; la música que serpentea entre los asientos del autobús y tú en la inquietud de que te duelo con mi ausencia de bohemio despiadado. El viaje hacia tí, embriagado, para brindar ya con licor de amaneceres; la vida que se hace trizas y los dos que lloramos desde todos los rincones. El hombre del saxo Del saxo le brotaban desmarridas melodías sosegadas como sierpes infinitas extenuadas reptando en medio de la maleza de los espíritus indolentes. No era Yarbird que interpretaba el Bebop con maestría en los suburbios de New York o Missisipi pero estaba Donna Lee evocada en el bullicio por la calle de Maipú. En el sombrero inverecundo boquiabierto amortiguados por láminas amarillas autumnales rebotaban a veces los sustentos, y el muro recíproco devolviendo desde el frente los lánguidos compases de Donna Lee. Simulé estar vivo Encendí entendimiento sólo para tender mis huesos en el tálamo del cansancio. Luego puse cerradura a los ojos con cautela y me dormí yacente a todo lo largo del sueño. No había en el sopor más que temores y vacíos abismales. Entonces entorné la ventana para sentir frío y simulé no estar vivo Penetró el aire como en estampida y fue el silencio roto el que arrancó la demencia que colgaba de los árboles prosternados y torcidos, y de mis pies que zumbaban con estridencia en medio de la bruma Los ángeles y los demonios se besaban furiosos disputándose mis pertenencias. Yo sólo atinaba a prender fuego a mis horrores Quería quemarlos vivos Quería alejarme de los espectros, que me cortejaban para sorprenderme. Y no conseguía abrir los ojos en la escarpadura Caía desalado. Caía todo yo con el pálpito de la destrucción Me precipitaba anhelante de resacas a océanos inacabables de fuego, como un poseído, simulando estar vivo. Parece Parece que no tengo ya cristales en los ojos. Parece que transito sin desplazarme en cuerpo, ya vencido, ya huidizo, como niño regañado. La pestilencia de los espíritus diminutos me provoca repugnancia. Sólo quiero la mordedura rápida de la víbora, sólo quiero alejarme del retorno y no ver máscaras ni osamentas caminando sin rumbo. Parece que no tengo ya las manos para blasfemar fuerte ni una lengua sórdida ni pies ni aura Parece que no tengo ya cristales en los ojos. Y sería tan hermoso acribillar a insultos a una enana maldita o incrustarle espinas venenosas en el rostro a un gobernante. Qué placer lanzar un piano a cualquier calle sombrosa y viajar dentro para oír la dulce melodía del estrépito fatal. Sin embargo, ya me canso Sólo quiero ser aire en el aire ser lirón empedernido, extenuado de construir árboles y ríos inconfesables. Sólo quiero piedras encajadas en los muros, un lecho blando de agua tibia por los huesos, un invierno renegado y miles, miles de silencios. Parece que no tengo ya cristales en los ojos. Parece que escribo el canto y me lo guardo. Parece que me da vueltas el mundo en el estómago, sobre mi cabeza, bajo mis pies, dentro y fuera de todo. La casa mía Tanto he construido mi casa y la levanto siempre, en cada jornada, con sueños de madera; con sueños de ladrillos alineados y fierros, con risas truncas en tantálicos amaneceres. Colgué poemas de amor en puertas y ventanas y la impregné toda de incienso Como niño, tanto la he caminado y no me canso. La edifico para desvestirla y luego ornarla con todo el oro escogido. Tanto he dormido profundamente en ella y he regresado a terminarla, a demolerla, a transformarla, y no me canso. Obsesiones Tengo un sentimiento tan confuso que puedo inventar caballos encabritados para lanzar en estampida hacia ti, y luego bailar afectuoso sobre sus cadáveres sudantes. Pero me encuentro ridículo moviéndome de aquí para allá y de allá para acá asido a tu cintura. Tengo una locura desenfrenada, con muchos puñales en hilera para persignarme como un místico. Mas, eso también me incomoda y puedes ahora colocar tus manos sobre mi frente y santiguarme con sangre de sacrificios. Yo haré en tanto un dolor de arrepentimiento agradecido que me cure de tus males, de la risa patética tuya por mi desvarío. Podríamos Podríamos irnos juntos hacia el silencio y no haré más que bendecirte, pero vamos de uno en uno derramando dolores de tragedia. Podríamos coger con cuentagotas la ilusión y bastaría, pero huyes, vida, y no haré más que llamarte. Incluso, me arrepiento de los breves gozos para querer negarte, pero vamos todos peregrinos con el rostro en la tristeza y no haré más que lamentarme. Podríamos rezar sistemáticamente de pie todas las noches blancas y levantar el día en nuestras almas o registrar sólo los sueños verdaderos para ser, vida, lo que mandes. Podríamos ser nada más que sombras vertidas, desterradas de los cuerpos, pero alegres marchando hacia la muerte. Antonio Álvarez Bürger |